Friday, November 28, 2008

El judeoportugués

A veces cedo a la tentación de pensar como hijo de Israel, ahora que soy públicamente cristiano y el remordimiento no me deja dormir. Se que no es justo aparentar una cosa y ser, profundamente, otra. Aparentar creer en el Cristo Josuah y saber que él no quiso jamás fundar una nueva Fé y sí, equivocado, se creyó llamado por Di´s a reformar la Ley. Luego, otros se aprovecharon de sus ambiguas lecciones y fundaron una Iglesia Universal Romana que se dotó de Poder mundano y gobierna el Orbe, a sus Reyes y Señores.
Se que hago mal. No hay que agitar las brasas si no quieres avivar el fuego. Sé que debo agradecer al Señor la dicha de haber podido sobrevivir y prosperar. No debo ser tan exigente. Pero en el fondo de mi ser, muy adentro y lejos de la superficie, se macera un odio y una humillación permanente.

Llegué a estas costas a fines del siglo pasado. Un caserío miserable, un puerto inexistente, un triste fuerte y unas feas iglesias eran todo lo que se veía de la Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres.
Yo, judío portugués, criptojudío, temeroso de la Inquisición, creyente en la Ley de Moisés aparentando un cristianismo que no sentía, me dispuse a ser señor de esa aldea olvidada.
Ya que las mieles de la contemplación religiosa y del estudio de la Ley me estaban vedadas, ya que el destino me ponía en este sitio apartado del mundo, ya que se me prohibía aparecer como era, dividida mi esencia de mi existencia, ya que me condenaban a ser como las sombras de la caverna de Platón, un mero y lejano reflejo de mi Ser, entonces obraría fríamente, sin amor por esa gente que me despellejaría vivo si conociera mi verdadera esencia judía. Esa gente, los “beneméritos” creían ser miembros de una aristocrática minoría: pero eran simples hijosdalgo a los cuales España arrojó a las costas lejanas, en busca de rápida fortuna y poder. Se aferraban a su lugar en las alturas de la pobre pirámide bonaerense: eran los caciques de una paupérrima aldea.
Y eran cabezas duras. Creían que el destino de Buenos Ayres debía ser tan solo el de cuidar las espaldas de la opulenta Lima, el ser una Plaza militar al servicio de su Majestad. Al servicio del Perú, pensaba yo.
De ahí esos aires de campamento militar que se olían apenas llegar: marchas, ejercicios, maniobras a la espera del ataque holandés o portugués. Para ellos solo cabía la propiedad rural, la Curia o la Administración Pública. Devaluaban el comercio y las profesiones, la ciencia y la poética.
Yo sabía, en cambio, que el futuro era el comercio: y el comercio estaba prohibido en este absurdo puerto. Buenos Aires no podía exportar ni importar ni una taza o una vela: ningún navío, de ningún lugar, ni siquiera de la propia España podía vadear su rada.
A poco de llegar supe que la gente, en el fondo sabía esa verdad: que el aislamiento, la ausencia de oro y plata y de indios, la soledad de esa planicie solo podía compensarse transformando a Buenos Aires en la gran entrada a las Indias por el Sur, en el camino alternativo al penoso recorrido de Lima a Panamá y de Panamá a Sevilla. En el Gran Puerto americano del Atlántico. Para eso trabajé en los años que me quedaron, para que los habitantes de Buenos Aires sean conocidos como “porteños”.
Fui contrabandista, mercader, banquero, jefe de partido, hombre fuerte del Cabildo, compré cargos, soborné funcionarios, lidié con el Gobernador Hernando Arias- tan honesto como equivocado-, arreglé con sus sucesores, introduje libros prohibidos, empezando por los de Erasmo y siguiendo con los Libros de la Ley, construí un palacio, la casa más grande y rica de la ciudad, platiqué con los Jesuitas - muchos de ellos tan cristianos como yo- listos para discutir sobre la Mishná y el Talmud. Me cartee con mis paisanos en Ámsterdam, organizamos el comercio de esclavos, la exportación de cueros y – más prohibida aún- la de plata proveniente de Oruro. Acumulé peso tras peso, hice obras de caridad, me casé con una hermosa cristiana vieja, hija de beneméritos, mezclando las sangres y conformando así una nueva etnia, extraña e imprevista: judíos ibéricos mezclados con cristianos españoles en tierras del Nuevo Mundo.
Ya en año de 1619 se alzaron voces pidiendo la instalación de un Tribunal del Santo Oficio en Buenos Aires. Por suerte, la insignificancia de esa plaza impedía concretar semejante gasto. Solo Lima y México podían darse el gusto de instalar esas horribles oficinas y realizar cada tanto siniestras fogaratas donde quemaban decenas de “judaizantes”. En eso Buenos Aires sería distinto y por eso llagaban a estas costas tantos compañeros del Brasil. Por eso hablaban de este puerto como “lleno de portugueses judaizantes”. Pero aquí, los que sabían, callaban y rogaban que el Rey no insistiera tanto con esas Cédulas Reales que exigían la expulsión de los portugueses de estas costas. Éramos el diablo, la corrupción, al Anticristo, la Sombra, el Otro, los enviados de Satanás…sí, pero también éramos los que traían riqueza a estas soledades, paños de Flandes, loza inglesa, cerámica de Talavera, adornos, telas, ideas y libros, vestidos, muebles, los que movían el comercio, los que enriquecíamos “ilegalmente” a Buenos Aires, transformándola en pocas décadas de un villorrio olvidado en un punto de destino de cientos de peninsulares. Los odiados judeoportugueses fuimos el primer médico y el primer maestro y el primer músico de Buenos Aires, el primer banquero y el primer mercader.
No creo que el futuro nos recuerde. Nuestras sangres mezcladas, nuestro profundo ser ahogado bajo capas de apariencias harán que desaparezcamos de la memoria de las gentes. Aunque quizás esa historia oculta explote algún día, surja libre y plena. Desvaríos de un viejo. ¿No?

Diego de Vega

Tuesday, May 13, 2008

Relato argentino

Relato de un accidente, ocurrido en circunstancias en que el occiso, en vida aun, manejaba su carro tirado por su viejo zaino, en subida, cuando de pronto concurrieron una serie de fenómenos curiosos e intensos: al principio una granizada feroz casi desnuca al zaino y obliga al occiso a refugiarse bajo un árbol. Una vez calmada la pedrea, sube nuevamente al carro y una nevada, como no se veía por aquí desde 1918 lo asalta de sorpresa. Atónito, el occiso duda si está en un sueño o en la opaca realidad, donde nunca ocurre nada destacable. La nevada intensa dura largos minutos y la nieve se acumula en el lomo del zaino y forma una capa blanca al interior del carro del occiso. El occiso , al fin, continúa viaje, contento en el fondo de poder contarle una historia a su mujer. A rato tuvo que detenerse ante lo que parecía un piquete de paisanos, gente poco acostumbrada a esos menesteres. Paro agrario, le explican, por las retenciones. Cuando lo dejan pasar cavila el occiso sobre exactamente qué son las retenciones. Pero no sabe que el destino se había ensañado con él en esa jornada. Mientras baja por la loma su visión se limita de pronto a dos metros: una mezcla de neblina y humo, proveniente de una quema insólita de pastizales del delta lo ha rodeado sin preaviso. En ese momento un bólido lanzado a doscientos kilómetros aparece ante la mirada atónita del caballo y el conductor, que son arrollados, estrujados, deshechos, descarnados, quebrados su huesos, aplastados su cráneos, alejados así, de pronto de la vida que si bien no era gran cosa (despertarse temprano, pasar por los talleres a buscar las bolsas de retazos , llevarlos al depósito de la empresa que los reciclaba, darle de comer al zaino, tomarse unos mates hablando con los encargados, comerse un sándwiche en alguna parada del campo, a la noche ir volviendo, preparar un asadito, jugarse algún truco y tomarse una ginebra, charlando con los amigos) era lo único que tenían, pobre pero honrada era su consigna.
Para colmo, mientras lo enterraban, una fina ceniza proveniente de un lejano volcán que hizo erupción justo ese día después de 9000 años, cayó sobre el cajón, blanqueándolo, antes de descender al abismo final.
Fin del relato. Archívese.

Saturday, April 19, 2008

Vecingos y ennemingos

Est inadmisible. Agora resulta que nos los Rumantianos, femos sido agrupados con llos Remontinos, como partes de um mesmo dialeto, el Rumón. Est absolutamente inadmisible. Soms com el dit e la nit, com l´aqua et l´olio. Los nos poethas, los nos heroes, los nos santos nos osservan desde los seculos y nos julgaram por nuessa cobarddia, nuessa debhilidat, nuosso abondon de lai tradicions rumantinas.
Toos saben que los rumantianos, a difference de los remontinos, femos parti del reyno de Rumma y que hace centennas d´annos que nos separamos del tronco romanno. En cambi, essos, los remontinos, sirveron como avanzadda de los romanns en nuessas comarcas, imponend la voluntat de esse Imperio deccadent. Los rumantianos ficimos frent a los intents d’ ácabar con la nuessa coltura por part de essos dengraciados. Amas essos dicen "nuessta" e nos deguems "nuessa", alem d´autras miles de differencas sostanciales entre nuessos idioms.
Claro que la cercania e el tempo ficieron que nuessas cumuidades s´acercaran, las muljeres de umos seducian a los hommes de l´autre. Enton, el diabli, les fizo fungirse en uma sola famiglie, cassi. Assim, seculo per seculo ambos povos se atrapallaron, se requemoraron, se apravuliaron just el point de que hoe, la Academia nos ha confundido en un ssolo idiom, un ssolo povo, una ssola coltura! Desgraza!
Juro por Dio, Pare de toos los povos que un remontino jamás casarase con nenssuna filia de mi!


Capuleto

Friday, January 25, 2008

La Especie Nueva

No les bastaba con el Hombre Nuevo, esa eugenesia social que pretendía “mejorar” la raza humana no ya mediante la selección de los mas aptos o de la raza superior, sino mediante la más sutil y antigua forma de manipulación de las mentes, a través de la “educación política”. No. Ahora, dotados de un poder diabólico, pretendían crear una Especie Nueva.
En efecto, cansado Dios de su tarea agotadora de atender los ruegos de miles de millones de seres humanos en pena, se decidió a acabar para siempre con esa especie. Para eso fue rodeándose de diligentes ayudantes: un señor austriaco que se encargó de 50 millones, un señor georgiano que cargó a unos 40 millones, un chino que pudo con 60 millones y varios pequeños demonios ayudantes: Pol Pot en Camboya, Kim il Sung en Corea del Norte, pequeños jefes politicos de Medio Oriente e incluso de Argentina.
(Habría que aclarar a esta altura que Dios y Satán son una única entidad)
Decidida la suerte de la humanidad, Dios convocó a los sabios a crear una nueva especie, a prueba de tristezas. Una especie con pocos sentimientos, gran sentido práctico y capacidad organizativa. Una sociedad perfecta, dirigida por sabios, tal como Platón la imaginó. Una maquinaria perfecta, a la manera de la Alemania Nazi, que sacó de la postración a ese país y casi domina el mundo. Un aparato de dominación espiritual de inspiración marxiana, a la manera del comunismo, aunque logrando una adhesión más sincera de la gente.
Pero lo fundamental era crear una especie que abominara del individuo y sus ridículos sentimientos. De eso estaba Dios aburrido: de novias abandonadas, viudas llorosas, madres sufrientes, viejos temerosos de la cercana muerte, bellas temiendo a la vejez, hombres angustiados por la pérdida de virilidad, politicos ansiosos por ganar la próxima elección, en fin , gente desesperada por el problema de diseño que no pudo prever cuando creó a Adan: un excesivo YO autoconciente, hipercrítico, con la muerte y la enfermedad siempre presentes, con pocas alegrías y muchos temores.
Debatían entonces las mentes lúcidas de la Humanidad para no repetir el error original: Marx, Hegel, Platón, Newton, Freud, Hume, Voltaire, Kant y muchos más se unían en largos debates tratando de convencer a Dios de las bondades de uno u otro modelo de Especie Nueva.
La clave era crear un ser sin deseos, pero lo suficientemente motivado para no echarse a dormir y abandonarse a la buena de Dios, con perdón.
Cómo unir ganas de vivir con perfecta ignorancia sobre la muerte que acecha al final?
Cómo juntar alegría con absoluta falta de sentido del humor, ironía y doble sentido?
Como diseñar seres perfectos, que no compitieran entre sí por el amor de aquella muchacha, la más linda del barrio?
Como crear creadores, sin rencores que acallar, penurias que remontar, deudas que pagar?
Cómo crear triunfadores, líderes, sin hambre de poder?

- Hagamoslos eternos, sin temor a la muerte..natural
- Pero posibles víctimas de asesinos
- Controlemos a los asesinos, quitemosle los deseos.
- Y como vamos a lograr que evolucionen, si les quitamos el deseo?-pregunto Freud
- Que no tengan necesidades. Que con poco alimento básico, pasto por ejemplo, puedan arreglarse
- Para alimentar ochenta kilos , tendrían que pastar quince horas diarias, no tendrían tiempo para crear cultura, mejorar la economía…
- No podemos violentar las leyes de la naturaleza, desgraciadamente. Sobre lo único que podemos actuar es sobre el cerebro: algun mecanismo que potencie la quietud y el contento y que reprima el conflicto y la angustia.
- Drogas, químicos, ansiolíticos, calmantes, narcóticos, anfetaminas
- Somíferos, quizás
- Que duerman veinte horas por día
- Y quien trabajaría?
- Esclavos, una subespecie de clones, sin alma , sin sentimientos, solo motivados por su amor al trabajo, a la recompensa de hacer bien la tarea.
- Y como lograr semejantes máquinas. No podemos inventar de la nada, violar las leyes naturales: ¿qué ser vivo ignora el juego, el amor, el descanso?

Así seguían discutiendo, décadas y décadas, mientras Dios los dejaba hacer, casi convencido de la inutilidad del debate.
Aquí abajo, mientras tanto, la gente se arreglaba como podía, cargando su angustia con dignidad o con ridículo, cayendo en cultos colectivos que exorcizaban el temor y los unían a entidades anónimas y omnipotentes: la Religión Verdadera, la Raza Superior, la Clase Destinada, la Mejor Nación, el Mejor Movimiento Político, la Mejor Filosofía de Vida, la Forma Más Natural de Vivir Ecológicamente, el Más Grande Líder.
Otros, con más humor y sabiduría, sabían que vivimos en solo uno de los millones de universos existentes, que somos un milagro casual y que hay que aprovechar cada instante fugaz para crear felicidad o ,al menos, su simulacro: una cena magnífica, esa canción que nos hace lagrimear, el primer hijo, mi mujer, mi madre, ganar un concurso, obtener un trabajo, cosechar un logro. Poca cosa. Muy lejos de la Nueva Especie que pergeñaban en el más allá.

Friday, December 28, 2007

Cotton Club Blues

Todos sabrán, creo yo, que al Cotton Club los negros no podían entrar. A menos que trabajaran ahí, como yo.
Ahora que han pasado los años aquello parece ridículo, ahora que los negros casi estamos de moda, que hasta candidato a Presidente tenemos y tantas marchas, “tengo un sueño”, ahora es difícil de creer, pero así era, en los años treinta.
Yo tenía unos 17 años y un tío, cocinero, me hizo entrar de ayudante. Me sacaba así de la calle, de las pandillas, los pequeños robos, las palizas de los polis, el desprecio de los chicos blancos y me ponía en el mejor lugar de Nueva York, sí señor.
Desde la cocina escuchaba al gran Duke sonar como Dios quiere que la música suene, al menos la música terrenal, porque creo que allá en el Cielo los ángeles, negros y blancos, todos iguales deben entonar unos himnos divinos, literalmente.
Sonaban los Saint Louis Blues y la gente se desmayaba de emoción, en In a sentimental mood o Sophisticated Lady, lo mismo. A mi me volvía loco Caravan, con su eco de selva.
Yo sabía que de ahí vinimos, de las selvas de África, pobladas de monos y negros, así que por eso sería.
Yo quería progresar, llegar a cocinero o camarero, crecer en ese mundo que me sacaba de la miseria.
Todo iba bien, con mi voluminoso tío cuidando que nadie se mofara de mí: yo era flaco, escuálido más bien y apenas veía, por lo cual usaba unos enormes anteojos que deformaban mi cara aun más. Tenía (y la ensayaba frente al espejo) una linda sonrisa, de negro pícaro.
Había, eso si, un capataz irlandés que nos odiaba. Se le inyectaban los ojos claros, su piel rosada se hinchaba de venas azules cuando nos agarraba en falta (fumando fuera de lugar, metiéndonos un dedo en la nariz o riéndonos como locos de algún chiste) nos gritaba insultos como “negros vómitos del infierno” y a veces nos sopapeaba con esas manazas.
A mi me tomó idea. Lo noté desde el principio. Me mandaba a hacer los peores mandados, limpiar el vómito de algún borracho, la grasa de debajo de las cocinas o quedarme hasta después de hora a limpiar el salón.
Yo lo soportaba todo y no le contaba nada de eso a mi tío, Josuah. No quería que se armara la gorda, y termináramos los dos en la calle.
Había un par de muchachos algo más grandes que yo y a pesar de mi torpeza conseguí evitar problemas y hasta amigos nos hicimos, aunque sabíamos que todos competíamos en esa selva por cualquier vacante de mesero. Porque eso era lo máximo: entrar al salón lleno de blancos ricos y sobre todo de esas rubias platinadas que te lanzaban miradas provocadoras (o al menos eso nos relataban los camareros) oler esos perfumes, el tabaco fino, el licor, el champagne, entrar en confianza con los ricachones, ligar muy buenas propinas y, quizás, el teléfono de alguna rubia. Nada mal, no señor.
Pero para eso había que hacer buena letra, no enojar al irlandés que le iba con cuentos a los jefazos, tener siempre la misma sonrisa de negro inofensivo y fiel, mientras por dentro pensabas como clavarle un cuchillo de cocina, de los más grandes, hacer papilla su cuerpo con la máquina de picar carne, hervir esa masa en las enormes ollas para hacer sopa y disfrutar con esa sangre.
Todo estaba tranquilo, hasta que sucedieron cosas que ahora voy a contar, tal como me asaltan la memoria después de setenta años.
Ese maldito irlandés estafaba a los dueños, les robaba: compras con sobreprecios, retornos, robo de botellas de whisky que después revendería, consumos inexistentes. Todo esto lo sospechaba mi tío, pero no tenía pruebas. Yo, personalmente, lo vi transar con algunos proveedores. Ahí comenzó el problema: el vio que yo lo vi y supo que yo vi como él vio que yo lo había visto ¿se entiende?
Entonces, me hizo la vida imposible. Si antes de eso ya me había tomado ojeriza, de ahora en más quiso asesinarme, simplemente. Lo supe desde esa tarde en que ordenó que bajara al lugar más oscuro del sótano. Hubo un estruendo de botellas y de pronto estaba sumergido en un metro de vidrio roto, todo cortajeado y, pese a todo, vivo. Fue Josuah el que me rescató, casi desmayado. No le dije nada, porque temía lo peor: que nos echen a los dos por mi culpa.
- Oye Denzel, cómo te has metido aca en este agujero. No te dije mil veces que no te andes por acá?- me retó el tío. Entonces lo vi sospechar. Por un segundo su vista se nubló y miró a Dick el Irlandés, casi atravesándolo de lado a lado con los ojos. Dick también lo miró amenazante, pero ahí terminó todo, por esa vez.
Quedó establecido que yo no aceptaría más órdenes extrañas del irlandés. Sin decirlo, se entiende. Dick entendió vagamente que yo estaba bajo la protección de Josuah y , entonces, se controló al tiempo que nos declaró la guerra. Un repliegue táctico para preparar un avance estratégico (esto lo aprendí años después cuando fui parte del Batallón Negro, en Normandía: éramos temibles y dejamos muy alto nuestro patriotismo, a pesar de todo. No nos olvidábamos del desprecio que el Loco Hitler le hizo a Jesse Owens en las Olimpíadas del 36)
Durante unos meses las cosas siguieron tensas pero sin llegar a mayores: la rutina de todos los días, los chismes de los meseros, la música celestial del Duke y yo poco a poco más crecido, más audaz. Tuve, entonces mi primer asunto con una clienta: una rubia algo borracha que se equivocó de puerta y se cruzó a la antecocina donde estaba yo preparando una bandejas. En ese momento estaba en pleno el show de los zapateadores y nadie prestaba atención a nada más que a ellos.
Pues la rubia me miró y me preguntó ahí mismo mi nombre. Sin terminar de dárselo me pidió un papel y lápiz y me anotó su número telefónico. Me hizo un mohín simpático y me tiró un beso al aire. Para mí fue como la gloria. Otro día contaré esa historia.
¿Recuerdan las rebeliones del verano del 67? Parecía que los EEUU ardían por los cuatro costados. Los guetos negros de Detroit o Chicago estallaban el llamas de rabia contra los polis anglosaxons. Yo mismo, ya hombre grande, alentaba esas explosiones sociales. No se qué nos pasaba: ya teníamos las leyes de integración y todo eso pero aun sentíamos el desprecio de los blancos y eso nos ponía locos. Algunos simplemente se pasaron de rosca, se deliraron y empezaron a hablar del poder negro como mejor al poder blanco, a sentirse superiores por ser negros, a creer que a los negros los había elegido Dios para quebrarles la mano a los blancos.
Por suerte eso terminó, y nos ganamos el respeto por lo que somos: seres humanos, como cualquiera.
Bueno, ese año de 1931 la rebelión negra comenzó en Cotton Club.
Fue, al fin, mi tío. El irlandés acababa de propasarse con una chica de limpieza: la había encerrado en un closet y trató de violarla ahí mismo. Pero Josuah, que lo venía observando, entró al cuartito, le pasó su enorme brazo moreno por el pescuezo y casi lo decapita ahí mismo. El irlandés aulló y con eso bajaron los dos tipos de seguridad, dos matones italianos, sólidos y salvajes . Sacaron sus pistolas y tiraron. Para qué. Todos nosotros, los negros del Cotton Club, los ayudantes de cocina, los camareros, los cocineros nos abalanzamos sobre los gordos y los aplastamos en un amasijo de brazos, piernas y cabezas golpeadas.
Debido al estruendo, bajaron los polis de vigilancia, los camareros abandonaron el salón y hasta alguno de los músicos del Duke se asomó para colaborar. No señor, jamás se había visto algo así: decenas de negros y blancos peleando entre platos rompiéndose, botellas estrellándose, bandejas metálicas sonando como campanas, gritos, palabrotas, aullidos y protestas.
No murió nadie de casualidad. Duke amenazó a los dueños con romper el contrato y el irlandés fue despedido. Ninguno de nosotros sufrió represalias.
Por primera vez un grupo de negros le había puesto un límite a los blancos. Nunca olvidamos esa lección: el poder a veces cambia de lado.

EPILOGO

Linda historia, ¿no? Pero falsa.
Dudé mucho en agregar este epílogo. Pero a los noventa años nada se puede perder y así quedará testimonio de la verdad.
Antes de morir, mi tio Josuah me confesó la verdad. Que no tiene remedio, dicen.
El habia denunciado a Dick ante los patrones, con el deseo de terminar con ese desgraciado. Pero los patrones, uno de ellos en realidda le dijo:
- Sí, lo sabemos, pero lo dejamos hacer. El nos tiene agarrados por un asunto sucio del cual tiene pruebas y nos amenaza.
- Y por qué no le hacemos una hermosa cama- preguntó mi tío-.Sabemos que el tipo ve una falda y se vuelve loco. Y que si su mujer se entera, lo asesina.
- ...y?
- Déjenmelo a mí.
Así fue como Josuah arregló con la chica para que ésta lo tiente al irlandés. Lo seguía, le hacía caritas, lo provocaba. Dick sabía que era peligroso hacerlo ahí, por los patrones, que eran muy estrictos en eso: nada de sexo en el Cotton Club, que no es un prostíbulo.
Pero ese día no pudo más, convinieron en encontrarse en el closet. Josuah, al tanto de todo, intervino y ahí terminó la fiesta, con esa falsa pelea. Las balas de los dos gordos italianos eran de salva...

El arreglo con irlandés consistió en no revelarle el asunto a su mujer, él devolvió esas fotos comprometedoras, se le dieron $5000 de compensación (lo que le alcanzó para montar un bonito Bar en Miami) y aquí no ha pasado nada.
Sic transtit gloria Mundi

Friday, December 07, 2007

El mercader

En ese tiempo dejé de ser una sombra y me convertí en hombre. Antes huía de mi Señor y de los curas que querían obligarnos a morir atados a la tierra. Yo prefería vagar por los bosques, comer frutos silvestres y orinar cantando a las estrellas. Claro que eso me convertía en un vago peligroso, en un hereje y en un bandido a los ojos de los señores. Pero yo prefería ese riesgo a vivir en las inmundas chozas campesinas, junto a gansos y cerdos, teniendo que labrar cuatro días en las tierras del Conde y solo un par de días en las propias. La gente moría a los veinte o treinta años, rodeada de mugre, chicos descalzos y malos aires.
Yo creía que Dios nos había dado los sentidos para más que eso: para escuchar el arpa melodiosa, para admirar una puesta de sol, para acariciar una piel y besar los labios de las muchachas. Y para embriagarnos con el buen vino y hartarnos de leche fresca, huevos, jamones, frutas y asados y mantecas y quesos. ¿Para qué Dios nos iba a dotar de tantos sentidos y deseos? ¿Para después arrancarnos del mundo a los pocos años? No tenía sentido. Dios nos quería alegres, y limpios, oliendo a rosas, enamorando a las mujeres jóvenes, criando niños felices. Disfrutando del trabajo y de la música. Y viviendo muchos años.
De modo que decidí ese año, creo que el de Nuestro Señor de 1223, ser libre. Sin amo, ni cura, ni gleba que me condene.
En los bosques conocí a viajeros que comerciaban de ciudad en ciudad y me uní a ellos. Cada cual tenía historias para contar, había mandolinas y se animaban a cantar. Aprendí entonces que la gente de la ciudad pagaba buenas piezas de plata por ciertas exquisiteces que podían conseguirse tras las sierras. Así que nos arreglábamos para informarnos donde había ciertas piezas de jamón especial, o ciertos paños maravillosos, bordados en oro. Juntábamos nuestros pequeños dineros y salíamos a recorrer los mercados de la región. Comprábamos esto y aquello. A veces la gente nos pedía noticias: les contábamos de que color era el prado tras la sierra, como se hablaba allá o acullá, qué canciones emocionaban a las jóvenes casaderas y qué modas lucían las ricas cortesanas. Nos pedían las mujeres entonces, paños como los de las nobles, joyas con piedras talladas, juguetes de madera, pergaminos para dibujar, carboncillos, hilos para cocer, especias, espejos cincelados, pequeñas esculturas de piedra, agujas.
Todo lo conseguíamos, o casi. Así que algunos de los nuestros, los más hábiles para elogiar sus productos o en seducir a las damas, comenzaban a enriquecerse: no sabían donde guardar tantas monedas. Temíamos a los salteadores, por lo que decidimos hacer como ciertos italianos de Florencia o Génova: dejábamos a buen resguardo el oro y, en cambio, llevábamos papeles con promesas de pago, pagares, talones, cheques, o como quieren llamarlos. Al principio, los poseedores de las mercancías no aceptaban deshacerse de los productos a cambio de esos papeles toscos. Pero cuando comprobaron que en los lugares y tiempos predichos se encontraban con sus monedas, el sistema comenzó a extenderse.
La palabra era sagrada.
Todo funcionaba por que nosotros, que éramos buena gente o nos convenía serlo (lo que es casi lo mismo) íbamos ganándonos el respeto tanto de vendedores como de compradores.
A veces, nacía una moda: digamos que se imponía el color azul en los vestidos. Corríamos hacia las ciudades donde sabíamos que los tintoreros habían hecho acopio de tintes azules y los adquiríamos. Íbamos entonces a los fabricantes de paños y le aportábamos el tinte, les comprábamos ingentes cantidades y vendíamos cientos de libras en las ferias de la comarca.
Algunos, ya cansados de tanto trajinar se establecían en alguna villa y se ponían a fabricar muebles o vestidos, o juguetes, o joyas. Empleaban a gente del lugar y se ponían a fabricar a nuestro pedido.
Los nobles y la curia de las villas nos miraban con desprecio: no debéis traficar con dinero, nos decían. La Iglesia prohíbe la usura. Es que algunos de nosotros, también cansados de tanto viaje se ofrecían a resguardar el dinero en sus residencias, bien vigiladas. Para que las monedas no se durmieran, las prestaban a gentes con ideas de comprar allí y vender acullá, a un interés. Como la Iglesia comenzó a excomulgarlos, el asunto fue pasando naturalmente a manos de los únicos a los cuales no se los podía excomulgar: los judíos.
Los judíos, además, poseían algunas informaciones muy valiosas de lejanos países. Viajaban mucho, tenían conocidos en todas las aldeas y una red de contactos en las cortes, castillos e incluso, abadías. Como eran temerosos de los señores exageraban su docilidad. Eso los convertía fácilmente en víctimas de la sospecha: tras esos buenos modos, tras el estricto cumplimiento de la palabra se escondía, quizás, la llama de Satán. Pero eso, a nosotros, poco nos importaba. Aceptábamos gustosos sus préstamos, comprábamos, vendíamos y pagábamos el interés. Y todos tan felices.
Pero a los buenos tiempos siempre le sucedía la desgracia: la guerra o las pestes, a veces trabajando juntas. Los señores se aburrían y su único solaz era la guerra. A veces con justa causa, otras solo por un capricho. Los curas bendecían las armas, la leva se llevaba a los jóvenes y los caminos se cerraban. Ya no podríamos llevar estos paños a la otra Villa. Los meses pasaban, perdíamos el contacto, otros comerciantes entonces nos desplazaban de las plazas habituales y perdíamos mercados. Odiábamos la guerra. Eso nos hacía, en opinión de los señores, cobardes. Cobardes judíos, gitanos, desplazados, marginales, escapados de la gleba o del ejército: la hez de la Humanidad estaba alumbrando un nuevo tiempo. No lo sabíamos en aquellos días. No había cronistas para registrar esas andanzas. Creo que nadie lo sabrá en el futuro.

Friday, October 26, 2007

Opciones de vida

En mi reino nada es siempre igual. Los Sabios Antiguos han elaborado un Código Personal, que le corresponde a cada individuo, en el que figuran, año a año, sus obligaciones y actividades. Si nace el individuo 12.345.798 (se mantiene una numeración consecutiva desde El Primero, quizás nacido hace tres mi años) los Secretarios consultan al Código de infinitas páginas y dan con el mapa de ruta de ese, y de ese solo, individuo.
Por ejemplo, a algunos la Ruta Personal los obliga a ir a las minas de carbón un año, viajar como rico durante otro año, ser juez, actor, prostituta, ermitaño, estudiante de arquitectura, lector de Aristóteles, actor, narrador, buzo, burócrata, funcionario, militar. El orden de las actividades y profesiones es elegido por el individuo, pero le está prohibido alterarlo: si elige ser Ministro de Economía por un año, no puede renunciar por incapacidad manifiesta a los seis meses. De modo que uno es libre, pero debe atenerse a las consecuencias de su elección. Además es imposible zafar de lo más bajo de la escala social (vagamundos, ladronzuelos, changarines desocupados) o de lo más encumbrado.
Algunos eligen ir de menos a más: prefieren los peores trabajos al principio y llegan a la vejez en la cumbre, rodeados de riquezas o prestigio. Otros eligen disipar su juventud en los más desenfrenados placeres y reservar la seca vejez para sufrir la soledad o la miseria. Otros se dejan llevar por el azar.
El Gran Juego consiste en vivir la mayor cantidad de experiencias posibles: el amor y la soledad, la fama y el olvido, la riqueza, el honor, la valentía, el hambre, la gula, el desenfreno, la responsabilidad, el poder, el asombro, la belleza, el odio, los celos, la esperanza, la decepción, el engaño, y hacer todas las cosas posibles: pintar, esculpir, torturar, matar, amar, engañar, gobernar, construir, escribir, cantar, callar, rezar. Todo es necesario, todo vendrá en uno u otro momento, todos están expuestos al cambio perpetuo y azaroso. Este año uno puede ser el sultán con un harén a su disposición pero el año que viene podrá optar entre ser escalador de montañas o monje de clausura. Hacia diciembre, hay que consultar la Ruta Personal en la Oficina de Registro del Reino y elegir el destino del próximo año. A veces, algunos optan por el suicido (una posibilidad siempre presente, y respetable como cualquier otra opción)
De más está decir que los proyectos son imposibles. Nadie puede planificar su vida, dedicar cinco años a estudiar medicina , tres a prácticas en el Hospital y luego treinta o cuarenta años de atender pacientes. Ese es un horizonte imposible en mi país. Los médicos se forman en tres meses y ejercen los nueve restantes.
Todo nace y muere en un año, cada año es una carrera, una vida entera, un desafío distinto y un dolor o una felicidad diferente.
Vale la pena vivir en este país. No hay economía, ni estado, ni familia: solo intercambios esporádicos. La gente se casa y tiene hijos, pero pocas parejas resisten tanta mudanza y los hijos finalmente son criados en guarderías del Emperador, que es la única Institución permanente.
Rige la teoría de la Identidad: Emperador es Dios en la Tierra. Solo Él mantiene la continuidad del Reino Mutante. Sólo él se preocupa del futuro, tiene proyectos y ejecuta planes.
A veces quisiera renunciar a esta carga de ser Dios y elegir ser músico ambulante o marinero, o poeta o médico, o minero, o maestro, o...